24/04/2017

Agua y libertad

Jorge Chávez Alvarez

Por: Jorge Chávez Alvarez

Presidente Ejecutivo de MAXIMIXE

Una tesis que rige al menos en la Vía Láctea, reza que donde hay agua hay gente y donde hay río hay ciudad. En el planeta Tierra hay vida porque hay agua; así de simple. Podría decirse también que donde hay agua limpia hay libertad; libertad para vivir saludablemente. Sin embargo, se trata de un recurso cada vez más escaso, al punto que la demanda mundial de agua dulce se duplica cada 20 años, a un ritmo mayor al doble que el crecimiento de la población. Hoy por hoy unos 400 millones de personas carecen de agua potable y cerca de 3 mil millones no cuentan de un sistema de saneamiento adecuado. Agua hay, pero está mal administrada y se despilfarra.

El 20% de agua renovable del mundo proviene de la cuenca del Amazonas, por lo cual siendo el Perú la cabecera de dicha cuenca, debería tener una de las asignaciones de agua dulce per cápita más elevadas del mundo; unos 3 mil 100 metros cúbicos al año. Sin embargo, aquí más de 2 millones de hogares carecen de agua potable y más de 3 millones no cuentan con servicio de alcantarillado.

En Perú se da la tremenda paradoja de ser un país muy rico en fuentes de agua dulce, que alberga amplias poblaciones que padecen efectos catastróficos de recurrentes sequías y huaycos. Todo el tiempo volvemos a fojas cero tras un fenómeno del Niño y, lo que es peor, mantenemos incólume nuestro deporte nacional de hacer de las cuencas de nuestros ríos y lagos virtuales vertederos de basura, desagües de minas, vertidos de mercurio de minas de oro, aguas residuales y residuos agrícolas e industriales, sin un previo tratamiento de ningún tipo.

El lago Titicaca es uno de los casos más críticos. Acabo de visitarlo y da pena comprobar su elevado nivel de contaminación por causa de la afluencia de aguas servidas, residuos sólidos y residuos mineros. La bahía interior de Puno cuenta con aguas contaminadas por las descargas de aguas servidas de la ciudad de Puno sin tratamiento adecuado. La contaminación orgánica y bacteriológica es un problema agudo en varias zonas de la cuenca, así como la contaminación física y química derivada de la actividad minera, por la presencia de metales pesados (cadmio, plomo, mercurio, níquel, cobalto, cromo y arsénico).

Curiosamente, las comunidades indígenas tienen mejores prácticas para evitar la contaminación del lago y ejercen una presión positiva a través de denuncias por inacción de las autoridades municipales y de saneamiento frente a la contaminación. No obstante, las poblaciones Uru que viven en islas flotantes de totora consumen el agua del lago sin ningún tipo de control sanitario.

Incluso en Lima -ciudad capital- se pierde 30% del agua potable por deficiencias de las redes de Sedapal, mientras en el resto del país se pierde el 40%. El 20% de la población limeña se abastece de agua potable recogiéndola y transportándola en cubos por sus propios medios, con alto riesgo de contaminación, llegando a pagar 3 dólares por metro cúbico, mientras el 80% paga 30 centavos por metro cúbico.

Llegó la hora de hacer una reforma integral del agua. Una reforma que garantice la provisión de agua limpia y saneamiento al 100% de los peruanos. Una reforma que desarrolle un sistema integral de tratamiento de residuos sólidos. Una reforma que detenga la minería ilegal y sancione drásticamente los actos de contaminación de los ríos y lagos. Una reforma que recupere la cultura tradicional de las poblaciones indígenas Aymara y Uru para aprovechar sus técnicas ancestrales de uso racional del agua. Una reforma que convierta a las empresas públicas de saneamiento en sociedades mixtas con accionariado difundido. Una reforma que asigne a los mejores profesionales en sus directorios y gerencias. Una reforma que atraiga la inversión privada en la construcción y operación eficiente de plantas de tratamiento, en la gestión eficiente de las cuencas de los ríos, y en la lectura exacta de los medidores domiciliarios. Una reforma que cobre precios justos por el uso del agua, para evitar el despilfarro y fomentar la racionalidad de su uso. Sólo con una reforma así, los peruanos podremos ser verdaderamente libres y dejará de haber peruanos de primera, segunda y tercera categoría.

 

 

 

 

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