Marcos Kisner Bueno
Bitácora de Pesca

EL FUNCIONARIO PERUANO Y LOS RESULTADOS DE LA ORGANIZACIÓN REGIONAL PESQUERA DEL PACIFICO SUR

Terminó la reunión de la OROP y solo conocemos parte de sus resultados a través de comunicados de alguna prensa y básicamente por declaraciones de organizaciones peruanas que asisten en calidad de observadores. La prensa chilena destaca el incremento de la cuota de jurel para ese país. Pero nada se sabe de cómo queda la cuota para el Perú, más allá de que la flota peruana no la capture.

Nada sabemos de la delegación oficial peruana que asistió a dicha reunión. ¿Votó a favor del incremento de la cuota para Chile o en contra? ¿Si votó a favor, a cambio de qué?

Lo que puede pasar es que los funcionarios de PRODUCE que han asistido saben poco o nada del asunto, salvo quizá un rápida inducción sobre el tema antes del viaje. En consecuencia qué tanto les puede importar el asunto? La mayor parte de funcionarios son designados en base a criterios políticos o personales. Hay personas que aceptan el cargo conscientes de que no saben nada del sector y no tienen idea sobre el mismo, ni mayor interés en desarrollar algo para el futuro. Saben que están en el puesto por cuestiones ajenas a las necesidades de desarrollo del sector y que van a durar muy poco.

En el mejor caso durarán lo que dure la autoridad que los llevó al puesto. Por tanto, lo único que pueden hacer es flotar y disfrutar del cargo mientras dure. No puede haber mayor interés que cumplir con lo mínimo y esperar el final que llegará más temprano que tarde.

No debe extrañar entonces que la delegación peruana que asistió a la última reunión de la OROP del Pacífico Sur permanezca en silencio. ¿Qué dijeron o que hicieron en la reunión? Resulta irrelevante. El Perú no consiguió nada y jamás conseguirá algo de esa organización, especialmente porque los funcionarios oficiales que asisten tienen tan poco interés como conocimiento del tema.

La gran desgracia que se abate sobre la pesquería peruana, es esa proliferación de funcionarios necios y omnipotentes venidos de cualquier parte menos del sector, que aceptan los cargos a sabiendas de que no saben nada ni harán nada, salvo pasarla bien mientras duren.

Resulta difícil determinar quién es más responsable, si el que designa a una persona indebida o quien acepta sabiendo que no sabe nada del tema. Esta constante viene de tiempo atrás pero se agravó durante el anterior y el actual gobierno.

Existen funcionarios y personas que caminan en manada, rotan de líderes a subordinados y viceversa, de acuerdo a las circunstancias. Están siempre acechando los cambios de autoridades para ver donde se ubican los amigos, a fin de recolocarse ellos también y seguir parasitando al erario público sin ofrecer, en contraparte, un servicio de calidad. Carentes de decencia intelectual y moral, poseen, de alguna manera, una experiencia en la administración pública, han aprendido de gestión pública y se han especializado. Sin embargo, eso no los convierte en conocedores de los temas del cargo y/o sector en el cual operan. Disimulan su desconocimiento de los temas sectoriales, camuflan sus verdaderos intereses; no evidencian ni preocupación por el sector ni vocación por resolver sus problemas.

Esa experiencia no les concede necesaria, ni automáticamente, la estatura moral, honestidad y decencia intelectual que requiere todo funcionario público digno.

Aceptar una tarea mayor de la que su capacidad le permite, es convertirse en un simio, actuando bajo órdenes que no necesariamente son decentes, correctas y debidas.

Un funcionario sin propósito, sin idea o conocimiento del sector en el cual es designado, es amoral, es una máquina que va descendiendo por una cuesta, a merced de cualquier obstáculo contra el cual estrellarse. Un funcionario que actúa sin moralidad, o subordinándola a sus propios intereses o a los deseos u órdenes de sus superiores por el temor a perder el cargo, o el poder que le confiere, es una monstruosidad.

El funcionario público designado debe tener capacidad, habilidad y actitud. La experiencia debe medirse por los resultados y no por los años de ocupar diversos cargos dentro del Estado reciclándose gobierno a gobierno como ocurre generalmente en nuestro sistema.

Podrá haber nuevos gobiernos, nuevas autoridades, mejores o peores; pero los funcionarios que se nombran en cada nueva administración, generalmente son los mismos que ya usaron en otros puestos y pertenecen a un grupo de personas las cuales, como manada de lobos, se reciclan, mutan y se alimentan del Estado. Se ocultan en la espesura en espera de la oportunidad de saltar sobre la yugular de su víctima: un nuevo puesto público. Cual cardúmenes de peces en busca de aguas propicias por su temperatura y oxigenación, estas personas migran, se protegen y acomodan entre ellas.

Esa “experiencia”, sumada a una acumulación de títulos, es insuficiente para ejercer un cargo público, si es que no va acompañada de decencia, honestidad y un alto nivel de ética y moralidad. Un corrupto perfectamente capacitado y entrenado, seguirá siendo corrupto. Sus títulos no lo convierten en un funcionario comprometido con el cargo, ni lo vuelven decente, ni le dan la mínima estatura moral que se requiere.

El país ha visto en los últimos años la presencia de funcionarios incompetentes y corruptos a tal nivel, que lo que urge ahora es competencia; pero con decencia moral e intelectual e incorruptibilidad por encima de todas las cosas.