Jorge Chávez Álvarez
Estrategia para la competitividad

POPULISMO, HAMBRUNA Y OLLAS COMUNES

Se han cumplido los primeros 100 días de Pedro Castillo en el poder y hasta ahora no se aprecia ningún esfuerzo gubernamental por paliar la crisis del hambre, que viene azotando a muchas familias. Si no fuera por el esfuerzo comunitario para organizar ollas comunes, desplegado con ayuda de organizaciones privadas sin fines de lucro, hoy estaríamos lamentando una mortandad por hambre aún mayor que la ocasionada por el Covid-19. Todo un esfuerzo solidario no visto desde la hambruna originada por la hiperinflación e hiper recesión que dejó el primer gobierno de Alan García.

En 2020 la pandemia y la ineficiente política sanitaria y económica para combatirla, generaron la más profunda recesión a nivel mundial e hicieron que la pobreza monetaria subiera a 30% desde el 20,1% de 2019, poniendo a más de un tercio de la población en situación de hambre crónica. Ese azote se concentró en las urbes, donde la tasa de pobreza subió en 11,4 puntos porcentuales, frente a 4,9 puntos de aumento en zonas rurales.

Esto sucedió entre febrero y diciembre de 2020, tras la parálisis de prácticamente todas las actividades productivas de bienes y servicios y la cuarentena absoluta decretada por el gobierno de Vizcarra, que fue la más larga a nivel mundial. En este contexto se justificaba regalar plata con ventilador (bonos), porque no había otra opción para asegurar la supervivencia de la población vulnerable y, además, había recursos fiscales superavitarios acumulados durante años para financiar ese gigantesco subsidio directo a la población.

No había otra opción porque no había cómo regenerar los más de 3,7 millones de empleos perdidos. Era imposible impulsar la inversión en tanto la actividad constructiva estuviera prohibida, como todas las demás.

Estamos ya a fines de 2021 y de esa tragedia de hambruna masiva ha quedado un drama focalizado en alrededor de 1,5 millones de pobladores de pueblos jóvenes que sobreviven a duras penas gracias a las ollas comunes.

Sin embargo, en lugar de focalizar su acción social a combatir este drama, el gobierno de Castillo ha preferido intensificar la política de regalar plata con ventilador. Al punto de haber inaugurado un verdadero festival de bonos interminable, con rebautizo de bonos, para que la población beneficiaria no vaya a pensar que sigue siendo Vizcarra el benefactor, sino el hombre del sombrero:

Bono Yanupay para los que ganan menos de S/ 2 mil, también para los agricultores, como para los que reciben Pensión 65, Juntos y Contigo, para comunidades rurales, para los que tienen cuenta en el Banco de la Nación, para los que no la tienen; “Bono Dignidad” de S/. 1820 para los afiliados a la ONP, bonos por S/ 1.000 millones para cubrir la “Deuda Social con los maestros”, etc. etc. Y para el 2022 el gobierno indiferente ante la hambruna ya planea más danza de bonos, con el argumento del alza de precios, de la continuidad de la pandemia o de lo que sea.

Mientras la deuda pública ha seguido creciendo y ya llega a un inédito 35% del PBI. Y seguirá subiendo si el Congreso de la República no se pone los pantalones largos para poner coto al populismo, desenchufa el ventilador y comienza a poner un cierto orden en Casa de Pizarro.

Si seguimos así, el símbolo del desgobierno de Pedro Castillo dejará de ser su caro sombrero de paja, y pasará a ser la olla. No la olla llena que prometía Ollanta Humala, sino la olla vacía que como un fantasma pone en pánico cada madrugada a las madres de familia encargadas de las 2.500 ollas comunes en un país donde más del 80% de su fuerza laboral trabaja en la informalidad, sin ningún viso de que esta cifra pueda disminuir en el futuro cercano.

En lo que va de 2021, más de 270.000 personas aún no recuperan sus puestos de trabajo y más de 2 millones no recuperan su anterior nivel de ingresos. La inflación acumulada a octubre ya llega a 5,23% y la mayoría de los productos siguen en alza (de los 532 productos de la canasta familiar 379 subieron de precio en ese mes).

La lucha contra la malnutrición es una tarea urgente. La alimentación saludable es un derecho del pueblo. En lugar de regalar plata con ventilador, el gobierno debería dar soporte a las organizaciones de Ollas Comunes y Comedores Populares de los distritos más afectados por la falta de alimentos, para poder completar su equipamiento (cocina, gas, agua, refrigeración) e implementos para preparar los alimentos.

En las zonas más afectadas de cada distrito, en coordinación de las municipalidades, debiera organizarse un sistema de entrega de alimentos de alto contenido nutricional, provenientes directamente de la agricultura familiar. Ello en función a un cálculo de necesidades de nutrientes y calorías según la configuración poblacional (niños, adultos y tercera edad), con entrega de víveres con periodicidad de quince días como máximo (arroz, papa, leche, cebada, morón, menestras, hortalizas, huevos y pescado en conserva).

También debe organizarse centros de acopio y empaquetado localizados estratégicamente, con ayuda de la empresa privada y el Instituto de Defensa Civil, en coordinación con las municipalidades y las organizaciones de Ollas Comunes y Comedores Populares.

En paralelo, se debe ayudar a los agricultores y pescadores artesanales a que se organicen asociativamente para poder recibir asistencia técnica e insumos de calidad, así como para articularse a una logística eficiente, capaz de poner sus productos directamente en las ollas comunes.

Martín Caparrós decía: “nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Ninguna plaga sigue siendo tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre.” Ojalá que Pedro Castillo sepa comprenderlo, antes de que sean los hambrientos que votaron por él quienes en su desesperación decidan que ya es tiempo de cambiar la historia.

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