Las recientes declaraciones del presidente encargado José María Balcázar merecen una respuesta más precisa que la simple réplica gremial. Al afirmar que “un economista es un simple sociólogo que conoce un poco de matemáticas, nada más” (sic), está deslizando una caricatura intelectual de la economía como disciplina para desautorizar los fundamentos técnicos que sostienen observaciones serias sobre gasto público, sostenibilidad fiscal, diseño normativo y efectos económicos de las decisiones estatales.
Ese es el punto que conviene ordenar desde el inicio. Cuando una autoridad política trivializa el trabajo analítico de una disciplina que precisamente se ocupa de modelar incentivos, medir costos, estimar impactos y evaluar restricciones presupuestales, el daño excede la polémica verbal. Se debilita la legitimidad del razonamiento técnico en un terreno donde ese razonamiento resulta indispensable para decidir mejor.
Por eso, la discusión no gira alrededor de susceptibilidades profesionales, ingresa a una dimensión bastante más importante, como lo es la necesidad de preservar un estándar mínimo de rigor cuando se debaten políticas públicas, leyes con impacto fiscal y medidas que comprometen recursos del Estado. En ese terreno, la economía tiene una función específica, un lenguaje propio y una metodología que no puede reducirse a una ocurrencia. A continuación, se analiza la solidez de las declaraciones de Balcázar para dar una opinión concluyente de si la economía es o no lo que él piensa, y si sirve o no para darle validez a las decisiones de política.
I. Fact-check de las declaraciones de Balcázar
Frase 1: “Un economista es un simple sociólogo”
FALSO: Economía y sociología comparten un origen histórico, pero no son lo mismo
Ambas nacen de una gran matriz intelectual vinculada a la economía política y a la filosofía moral, cuando los pensadores estudiaban la sociedad de manera más integrada. En esa etapa, las fronteras entre disciplinas todavía eran difusas y el análisis de fenómenos económicos, sociales y políticos se desarrollaba dentro de un mismo horizonte de reflexión.
Con el tiempo, cada campo fue delimitando sus preguntas centrales y afinando sus métodos. La sociología concentró su atención en las estructuras sociales, las normas, la cultura, los grupos, las identidades y las relaciones de poder. La economía fue organizando su núcleo analítico alrededor de la escasez, los incentivos, la asignación de recursos, los precios, la información, las expectativas y las decisiones bajo restricciones. Ambas observan dimensiones de la vida colectiva, pero no trabajan con el mismo lente.
Por eso, presentar a la economía como una extensión menor de la sociología distorsiona la evolución de ambas disciplinas. La economía desarrolló teoría propia, aparato conceptual propio y criterios específicos de validación. También construyó un lenguaje analítico que le permite modelar conductas, estudiar equilibrios, estimar efectos y comparar escenarios con un nivel de precisión que no puede reducirse a una fórmula ligera.
Frase 2: “Un economista… conoce un poco de matemáticas”
FALSO: La matemática no es un adorno, cumple un papel principal en la economía moderna
En economía la matemática es muy importante. Sirve para formalizar supuestos, ordenar relaciones entre variables, derivar implicancias lógicas y construir modelos que luego pueden contrastarse con datos. No aparece como adorno retórico ni como accesorio técnico. Forma parte de la arquitectura interna de buena parte de la disciplina.
Eso se aprecia con claridad en la microeconomía, que trabaja con optimización, elección bajo incertidumbre, teoría de juegos y análisis de incentivos. También se aprecia en la macroeconomía, que utiliza relaciones dinámicas, trayectorias de ajuste y vínculos entre variables agregadas. Y se aprecia en la econometría, que aplica herramientas estadísticas para estimar relaciones e identificar efectos con base empírica. Reducir todo eso a “algo de matemáticas” (sic) es una simplificación impropia del estándar que debería exigirse en un debate público serio.
Conviene, sin embargo, mantener precisión también aquí. La economía no se agota en las ecuaciones. Incluye historia económica, economía institucional, economía del comportamiento, evaluación de políticas, análisis aplicado y trabajo empírico intensivo. Su rigor proviene de una combinación de teoría, formalización, medición e inferencia. Esa combinación es justamente una de las razones por las que la disciplina resulta útil para examinar decisiones públicas complejas.
II. La importancia de la economía para el derecho
Además, la economía aporta una forma específica de razonar los problemas. Obliga a mirar incentivos, restricciones, costos, efectos indirectos y consecuencias no previstas. Mientras parte del debate político se queda en el plano declarativo, la economía fuerza preguntas más exigentes: cuánto cuesta una medida, quién absorbe ese costo, qué conducta induce, qué distorsiones genera y qué resultado puede producir más allá de la intención inicial.
Ese punto importa especialmente en el mundo jurídico. Las leyes cambian incentivos, alteran costos de cumplimiento, redistribuyen riesgos y modifican conductas de personas, empresas e instituciones. Por eso, el derecho necesita dialogar con la economía con bastante más cuidado del que a veces muestra. Una norma puede estar bien construida desde el punto de vista formal y aun así generar efectos adversos si fue diseñada sin evaluar sus consecuencias reales.
Allí entra el análisis económico del derecho. Su utilidad está en incorporar una lectura más realista sobre cómo responden los agentes frente a una regla. Conceptos como costo de oportunidad, externalidades, elasticidad, asimetrías de información, riesgo moral o fallas de mercado ayudan a evaluar mejor el impacto de una norma. Un jurista que interviene en política pública sin considerar estas categorías trabaja con un mapa incompleto.
III. Conclusión: sumar disciplinas para la mejor toma de decisiones
La discusión tampoco debería derivar en una rivalidad rudimentaria entre disciplinas. Economía, sociología, derecho, ciencia política y administración pública observan problemas conectados desde ángulos distintos. Esa diversidad mejora el análisis cuando existe respeto por la especialización de cada campo. Se degrada cuando una disciplina caricaturiza a otra para producir una frase vistosa o un efecto político inmediato.
En el fondo, ese es el problema central del comentario de Balcázar. Reemplaza la precisión por la ocurrencia. Y en el Perú actual, donde abundan leyes mal calibradas, diagnósticos superficiales y decisiones públicas con evaluación deficiente, ese tipo de ligereza tiene costos concretos. La conversación pública necesita más rigor y menos frases que colapsan al primer examen técnico. La economía tiene identidad propia. Tiene un objeto analítico reconocible, un aparato conceptual específico y una metodología que la distingue dentro de las ciencias sociales. Dialoga con otros campos y se nutre de ellos, pero conserva una lógica interna propia. Precisamente por eso merece ser discutida con más cuidado y bastante menos simplificación.
Las declaraciones de Balcázar no deberían desviarnos de la evidente y preocupante desconexión entre el nivel de gasto comprometido y la capacidad efectiva de financiamiento por parte del Estado. Balcázar nos acaba de ilustrar la forma más perversa de decir que no hay lonche gratis.


