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Apertura comercial e informalidad: desmontando un mito persistente Apertura comercial e informalidad:
desmontando un mito persistente

20 de abril de 2026
Apertura comercial e informalidad: desmontando un mito persistente


Contra la narrativa dominante, la evidencia muestra que la reducción de aranceles y la consolidación de los TLC han contribuido a disminuir la informalidad en el Perú. El problema no es la apertura, sino las distorsiones internas que limitan la productividad.


Durante décadas, el debate económico en el Perú ha estado marcado por una premisa equivocada: que abrir la economía destruye empleo formal y expande la informalidad. Esta lectura, ampliamente difundida en el discurso político y académico, confunde los efectos de corto plazo de una economía con baja productividad y fuertes distorsiones internas con los resultados estructurales de una apertura sostenida. La evidencia reciente —incluido el estudio publicado en Econometrica, “Trade and Domestic Distortions: The Case of Informality”— permite ordenar este debate: en economías con altos costos laborales y fiscalización imperfecta, la informalidad no surge por la apertura, sino por las rigideces que encarecen la formalidad; en ese contexto, la apertura comercial tiende a reducirla al elevar la productividad y la competitividad. Esta distinción es clave para entender el caso peruano. Desde 1990, el país ha atravesado dos etapas claramente diferenciadas: una apertura inicial que, en un entorno productivo débil, coincidió con un aumento de la informalidad; y una segunda fase, con TLC consolidados y una economía más dinámica, en la que la mayor integración contribuyó a su reducción incluso pese al encarecimiento del empleo formal. A partir de este marco, la experiencia peruana deja de ser contradictoria y confirma un patrón más general.

Apertura sin productividad: el origen del desorden

La trayectoria peruana de las últimas décadas solo se entiende si se pone el foco en las condiciones internas de la economía: niveles de productividad, estructura empresarial, costos laborales y capacidad de fiscalización. La evidencia internacional es consistente en este punto. Cuando las empresas operan en un entorno de baja productividad, con altos sobrecostos laborales y una regulación que se aplica de manera parcial, la informalidad deja de ser una excepción y se convierte en una forma extendida de organización económica. En ese contexto, la apertura comercial interactúa con esas restricciones: sus efectos dependen de si la economía cuenta con las capacidades para absorberla.

Ese marco permite entender la experiencia peruana de los años noventa. Tras décadas de proteccionismo, el país liberalizó abruptamente su economía: redujo aranceles, eliminó barreras y se expuso a la competencia global sobre una base productiva débil, dominada por microempresas de baja productividad y con costos laborales ya elevados. La apertura llegó antes que la modernización.

En ese entorno, la presión competitiva externa no reordenó la economía hacia los segmentos más eficientes, sino hacia aquellos que podían evitar los costos de la formalidad, tal como documenta la evidencia comparada para economías con fuertes distorsiones internas. Muchas empresas no pudieron sostener obligaciones como EsSalud, CTS, gratificaciones o indemnizaciones, ni un salario mínimo que crecía por encima de la productividad en amplios segmentos. Algunas optaron por operar al margen de la regulación; otras salieron del mercado, empujando a sus trabajadores hacia actividades informales. La informalidad se consolidó así como el principal mecanismo de ajuste, en una economía donde las reglas internas no acompañaron el proceso de apertura.

La misma apertura, un resultado distinto

A partir de mediados de los años 2000, el mismo proceso de apertura empezó a operar sobre una economía distinta. La firma de Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, China y la Unión Europea consolidó la integración del Perú al mundo, pero esta vez en un contexto de crecimiento sostenido, términos de intercambio favorables y expansión de la inversión privada. Sectores como la agroexportación, la minería, la construcción y los servicios modernos comenzaron a absorber empleo formal, mientras que el acceso a insumos más baratos y nuevos mercados fortaleció la competitividad de las empresas formales. La apertura comercial pasó a funcionar como un mecanismo de expansión productiva, permitiendo que el empleo formal creciera y desplazara gradualmente a la informalidad.

Lo más revelador es que este proceso ocurrió sin una reducción de los sobrecostos laborales. Por el contrario, estos se mantuvieron elevados e incluso aumentaron: contribuciones obligatorias, rigideces regulatorias y un salario mínimo creciendo por encima de la productividad en amplios segmentos. Bajo la lógica tradicional, esto debería haber impulsado más informalidad. Sin embargo, ocurrió lo contrario. La consolidación de la apertura —combinada con crecimiento y mejoras en productividad— fue suficiente para revertir esos incentivos, mostrando que la formalización no depende únicamente de reducir costos laborales, sino de la capacidad de la economía para generar sectores formales competitivos.

El mecanismo detrás de la formalización

Cuando la economía crece y las empresas formales elevan su productividad, pueden absorber los costos laborales sin perder competitividad. En ese contexto, la informalidad deja de ser la única opción viable y la formalización ocurre de manera progresiva, en la medida en que la estructura productiva comienza a ofrecer alternativas reales de empleo formal.

Este proceso, sin embargo, es gradual y está lejos de completarse. La informalidad sigue siendo alta, especialmente en regiones rurales y sectores de baja productividad, y responde a factores estructurales que no han sido plenamente corregidos. Aun así, la tendencia de largo plazo desde mediados de los 2000 muestra una reducción sostenida, interrumpida solo por choques excepcionales como la pandemia. En ese marco, la apertura comercial ha operado como un facilitador de la formalización cuando ha estado acompañada de crecimiento, inversión y mejoras en productividad.

El caso peruano muestra que los efectos de la apertura comercial cambian con la economía que la recibe. En una etapa inicial, puede intensificar desbalances existentes; más adelante, con mayor productividad y empresas capaces de competir, esos mismos canales empiezan a operar en sentido contrario. Lo decisivo, entonces, no es la apertura en sí, sino la capacidad del aparato productivo para sostener la formalidad. Cuando esa capacidad existe, la integración al mundo deja de ser una fuente de presión y se convierte en un mecanismo de expansión del empleo formal.

La evidencia: lo que dicen los datos

Un análisis econométrico basado en datos anuales para el período 2007–2025, y alineado con el enfoque del estudio de Econometrica, permite evaluar de forma cuantitativa los determinantes de la informalidad en el Perú. El modelo estima la relación entre la informalidad (como porcentaje de la PEA) y cuatro variables clave: la tasa efectiva de aranceles, los términos de intercambio, la brecha entre la Remuneración Mínima Vital (RMV) y el ingreso promedio formal, y un factor extraordinario asociado a la pandemia. Los resultados no solo confirman hipótesis centrales del debate, sino que corrigen interpretaciones extendidas.

Cuando los aranceles suben, la informalidad también lo hace. El encarecimiento de insumos erosiona la competitividad y empuja a las empresas más pequeñas hacia los márgenes de la economía. La apertura comercial invierte esa dinámica: reduce costos y amplía el espacio para la actividad formal. La explicación es que a mayores aranceles encarecen los insumos, reducen la competitividad y presionan especialmente a las empresas más pequeñas, que terminan desplazándose hacia la informalidad. A la inversa, la apertura comercial actúa como un mecanismo de reducción de costos y expansión de la actividad formal.

El segundo hallazgo confirma el rol del contexto externo. Cuando los términos de intercambio mejoran —es decir, cuando los precios de exportación son más favorables— la informalidad tiende a disminuir. En fases de bonanza, la economía formal se expande y absorbe empleo; en fases adversas, la informalidad vuelve a funcionar como amortiguador. El ciclo externo, por tanto, no es neutral: incide directamente en la estructura del mercado laboral.

El tercer resultado introduce un matiz clave en el debate sobre salario mínimo. La evidencia muestra que no es el nivel de la RMV por sí solo el que determina la informalidad, sino su relación con la productividad. Cuando el ingreso promedio formal crece más rápido que la RMV, la informalidad cae; cuando ocurre lo contrario, aumenta. Esto explica por qué, en períodos de expansión económica, la formalización avanza incluso con incrementos del salario mínimo: lo determinante es la capacidad de la economía para sostener esos costos.

Finalmente, el modelo identifica dos elementos adicionales. Por un lado, el impacto atípico de la pandemia, que redujo temporalmente la informalidad por la paralización de actividades, sin implicar una mejora estructural. Por otro, un componente persistente asociado a factores estructurales —sobrecostos laborales, rigidez regulatoria y baja productividad— que fija un nivel base elevado de informalidad. En conjunto, el modelo presenta un alto poder explicativo, lo que refuerza la consistencia del enfoque: la informalidad responde menos a decisiones aisladas de política y más a la interacción entre apertura, productividad y distorsiones internas.

Implicancias para la política económica

Para resumir: la apertura comercial ha sido un factor clave en la reducción de la informalidad, los ciclos externos influyen de manera decisiva en la capacidad de la economía para generar empleo formal y la relación entre salario mínimo e informalidad depende, en última instancia, de la productividad. A esto se suma una advertencia importante: los efectos transitorios, como los observados durante la pandemia, no deben confundirse con mejoras estructurales. En conjunto, la evidencia apunta en una dirección inequívoca: la informalidad no se reduce con mayor rigidez laboral, sino con una economía más productiva, competitiva e integrada al mundo. El Perú ha avanzado en ese camino, pero consolidar esa tendencia exige profundizar las condiciones que hacen viable la formalidad, más que insistir en regulaciones que la encarecen.