La precampaña electoral para 2026 calienta motores antes de tiempo, como improvisado “reality show” donde pocos proponen un libreto serio, pero todos gritan, vomitan odio, consignas y etiquetas insultantes que buscan, con desdén y escarnio, descalificar a quien piensa distinto y satanizar el pensamiento crítico.
La estupidez peruana en campaña es un sello distintivo de no pocos de los 43 candidatos en contienda —imbuidos de un narcisismo arrasador— convencidos de ser los salvadores del Perú, aunque no sepan ni sumar dos ideas; menos aún sopesar viabilidades. Salvadores que lo único que parecen capaces de salvar es su propio ego.
Para ellos, la crítica es un insulto intolerable; la discrepancia, una amenaza existencial. El narciso candidato no resiste la crítica y exige a su entorno el acatamiento a rajatabla a sus ideas, pues para él toda crítica es percibida como severa amenaza a su frágil burbuja de auto amor.
Karl Jung decía que esta cerrazón es una “inflación del ego” que atrofia la conexión del sujeto con su “sí-mismo”, sustituyéndolo por una versión arquetípica endiosada de su ego. Imbuido de esa máscara, al desconectarse de su verdadero sí-mismo e inflar su ego, el narciso pierde toda capacidad de cuestionarse. Convertido en líder o influencer, aplicando mecanismos de manipulación y sometimiento, basa su aventura de ‘éxito’ político en el derrame de su estupidez intrínseca a su entorno de seguidores.
Miedo y Fanatismo como Motor de Estupidez
Sus seguidores no se quedan atrás. Son un séquito de borregos digitales armado de memes y etiquetas, más ansioso por insultar y descalificar que por dialogar. Detrás de esta actitud aniquiladora subyace el miedo, cuando no el oportunismo cínico.
Nietzsche decía que el linaje de la humanidad proviene del miedo y no del amor a la verdad. Miedo al otro, a lo distinto, a la verdad esquiva. Miedo traducido en fanatismo y blindaje emocional ante cualquier argumento racional. Es el miedo de los mediocres al devenir y al cambio de las cosas. De ahí su preferencia por un “mundo verdadero” metafísico en contraste con el pluriuniverso de perspectivas, todas válidas, que plantea el perspectivismo Nietzscheano.
Como en las peores pesadillas de Gustave Le Bon (‘La psicología de las masas’, 1895), la multitud no piensa; reacciona, es sugestionable, impulsiva y crédula; incapaz de pensamiento crítico. El poder del narciso se impone fácilmente sobre ella, manipulándola y convirtiéndola en fanática, a través de símbolos simples, imágenes y repetición emocional.
Cualquiera podría pensar que esta conducta estúpida tan generalizada es sólo un monopolio de ignorantes a secas; pero no es así. Los casos más patéticos de estupidez involucran a un amplio abanico de profesionales, abogados, ingenieros, comunicadores, médicos, economistas, administradores, etc. e incluso a empresarios; todos bajo el común denominador de creerse dueños de la verdad, cuando no de tener el derecho a insultar, etiquetar y mancillar el honor de cualquiera que disienta críticamente.
Un caso de antonomasia es el del médico comunista Vladimir Cerrón, paladín contumaz de la calumnia, el cliché y la inquina. Médicos así también los hay en la extrema derecha, devotos de Vladimiro Montesinos, Mussolini y los calabozos de tortura del Pentagonito.
La Doble Ignorancia y la Estupidez
La estupidez, pues, no es mera ausencia de inteligencia o de conocimientos. Para Sócrates era una enfermedad del espíritu que él llamaba “doble ignorancia”; la de aquél que no sabe y, encima, ignora su propia ignorancia, por lo que persiste en pretender que sabe, adoptando una arrogancia testaruda que cierra la puerta al aprendizaje y, por ende, a la razón verdadera. Por el contrario, la ignorancia simple, honestamente reconocida, era para él la puerta principal de entrada a la verdadera sabiduría.
El sujeto atrapado en su doble ignorancia no puede ser persuadido por la razón, porque cree que ya la posee y es absoluta. La estupidez es, por tanto, el cierre de la interrogación, la clausura de la pregunta; la negativa al diálogo. Como bien decía Nietzsche, es la decadencia del espíritu crítico; la renuncia a pensar y auto cuestionarse.
Estupidez, Autoritarismo y Muerte del Arte
Karl Popper emparenta la renuncia al espíritu crítico a la inminencia de regímenes autoritarios, generadores de “sociedades cerradas”. Realiza una defensa de la “sociedad abierta”, que se yergue contra la proliferación de la estupidez. La renuncia al debate racional y el auge del pensamiento dogmático son, para él, síntomas de sociedades cerradas autoritarias, donde la estupidez es el precio de la certidumbre ideológica de izquierda o de derecha.
Deleuze (‘Diferencia y repetición’, 1968) dirá que la estupidez no es silencio, sino ruido lleno de certeza. Es negación estructural al acto de pensar reflexivamente, que se manifiesta en la reproducción banal de lo obvio y el vaciamiento de los conceptos hasta convertirlos en consignas.
Para el estúpido, las «verdades ex ante» son inamovibles, lo que implica excluir el pensamiento crítico, fundamental en toda democracia, por ser el que, antes de aseverar, analiza, evalúa, descubre y corrobora. Para el estúpido, toda idea que rebasa la reproducción banal de lo obvio es sospechosa y peyorativamente “caviar”.
No sólo en la praxis los extremos se dan siempre la mano y se reparten el poder y las granjerías del poder en el Congreso y el Ejecutivo. Bajo esa lupa filosófica dogmática borrosa, para los estúpidos de izquierda y de derecha, todo creador encarna a un peligroso “caviar”.
No en vano el arte y los artistas han sido históricamente objeto de escarnio y persecución autoritaria de derecha y de izquierda. Para los extremos estupidizantes, el arte es considerado peligroso porque no se deja domesticar por el dogma ni reducir a una utilidad inmediata. El arte revela, incomoda, desmonta ficciones de sentido común. En contextos de poder estupidizante, el artista no es un adorno sino un disidente, un inconformista.
En un mundo sin artistas, todo el mundo tendría que celebrar todo el tiempo el sentido común como dogma, la banalidad repetida, el simulacro convertido en norma, el vaciamiento de los conceptos hasta convertirlos en consignas. Byung-Chul Han (‘Infocracia’, 2021) dirá que el sujeto estúpido no es pasivo, pues colabora activamente con su estupidización a la de los demás.
Pensamiento Crítico: Último Bastión de la Democracia
El mayor peligro de esta estupidez sistémica es la degradación progresiva de la democracia. Cuando la consigna anula al argumento y la etiqueta suplanta al pensamiento, lo que queda es un país a la deriva, condenado a repetir sus peores errores. Así, la política se degrada hasta el punto de que la voz de un experto pesa tanto como el rumor viral, mientras que el rebuzno se eleva a la categoría de verdad indiscutible.
Ejercer el pensamiento crítico en el Perú de hoy es un acto de valentía. Es negarse a ser arrastrado por la marea del lugar común y apostar, tercamente, por el matiz, la pregunta incómoda y la deliberación honesta. Si algo enseña la historia, es que el autoritarismo estalinista o hitleriano, tanto como la estupidez que los precede, son como el dengue; proliferan cuando no hay nadie quien los combata.


