¿Qué necesita el Perú para volver a crecer al 6%? ¿Qué necesita el Perú para volver a crecer al 6%?
13 de julio de 2026
Alcanzar tasas de crecimiento superiores al 6% exige fortalecer los motores estructurales de la economía. La productividad, la inversión de calidad, la reducción de la informalidad y una estrategia de desarrollo productivo aparecen como los principales determinantes del crecimiento de largo plazo.
Los términos de intercambio atraviesan uno de sus momentos más favorables de las últimas décadas. Los precios de las principales exportaciones peruanas, especialmente las mineras, se mantienen elevados y ofrecen una oportunidad excepcional para impulsar la inversión y acelerar el crecimiento económico. Sin embargo, el desempeño de la economía peruana continúa siendo modesto. Lejos de aprovechar plenamente este contexto internacional, el país permanece en una senda de expansión que difícilmente supera el 4% anual.

Esta divergencia ha dado lugar a una paradoja. Mientras las condiciones externas invitan a esperar un ciclo de fuerte crecimiento, la economía parece haber ingresado en una dinámica de bajo dinamismo que algunos economistas describen como la «trampa del 3%»: un escenario en el que el país mantiene estabilidad macroeconómica y crecimiento positivo, pero sin generar los aumentos de productividad, inversión y bienestar necesarios para transformar su estructura económica. El resultado es un crecimiento que preserva lo alcanzado, pero que no logra reducir de manera sostenida la pobreza ni cerrar las brechas de desarrollo.

Las condiciones para crecer al 6%
El objetivo de alcanzar un crecimiento sostenido superior al 6% ha vuelto al centro del debate económico. La presidenta electa ha planteado una expansión de 3,8% para 2026 y una aceleración hacia tasas cercanas al 6% a partir de 2027. Sin embargo, alcanzar ese ritmo implica mucho más que recuperar la confianza de los inversionistas o preservar la estabilidad macroeconómica. La seguridad ciudadana, la fortaleza institucional, la disciplina fiscal y una mejor gestión pública son condiciones necesarias para el crecimiento, pero por sí solas no garantizan un cambio de trayectoria. Cabe la pregunta, entonces: ¿Cuáles son los factores que permiten sostener un proceso de expansión acelerada durante varios años?
Desde la teoría del crecimiento económico, Robert Solow identifica tres motores fundamentales del crecimiento de largo plazo: la acumulación de capital, la expansión del empleo y el aumento de la productividad total de los factores. Entre ellos, este último desempeña un papel determinante. La inversión solo genera un crecimiento duradero cuando se traduce en un uso más eficiente del capital y del trabajo. En otras palabras, el desarrollo no depende únicamente de invertir más, sino de producir más valor con los recursos disponibles. La productividad constituye, así, el principal mecanismo mediante el cual aumentan los ingresos, se amplía la capacidad de ahorro y se fortalece el crecimiento económico sostenido.
La inversión y la productividad en el caso peruano
La inversión constituye uno de los principales motores del crecimiento económico, pero su capacidad para impulsar el desarrollo depende tanto de su magnitud como de su calidad. En el Perú, el financiamiento de la inversión proviene de dos fuentes: el ahorro externo, materializado principalmente en inversión extranjera, y el ahorro interno, generado por el sector público y, sobre todo, por la inversión privada nacional. Mientras la inversión extranjera responde a factores como la estabilidad macroeconómica, la seguridad jurídica y la competitividad frente a otros destinos de inversión, la inversión doméstica depende de la capacidad de la economía para generar excedentes productivos. A mayor productividad, mayores ingresos y ahorro; a mayor ahorro, mayor capacidad para financiar nuevas inversiones. Cuando la productividad permanece estancada, ese círculo virtuoso pierde fuerza y limita el crecimiento de largo plazo.
La evolución reciente de la inversión confirma esta restricción estructural. Tras recuperarse durante el auge de los precios de los minerales y alcanzar niveles cercanos al 25% del PBI en la segunda administración de Alan García, la inversión bruta fija inició una trayectoria descendente que solo se interrumpió temporalmente durante la pandemia. En 2025 representa apenas el 21,6% del PBI, una proporción inferior a la observada en el último gran ciclo expansivo. Lo más llamativo es que esta desaceleración ocurre en un contexto de términos de intercambio excepcionalmente favorables. Es decir, pese al elevado valor de las exportaciones mineras, el país no ha logrado convertir ese escenario externo en un nuevo ciclo de inversión productiva, lo que refleja limitaciones que trascienden la coyuntura y remiten a problemas estructurales de productividad y asignación del capital.

La brecha de productividad en el Perú
En el Perú, la baja productividad continúa siendo uno de los principales obstáculos para acelerar el crecimiento. La informalidad supera el 70% de la fuerza laboral y amplios segmentos de la economía operan con escaso capital, baja tecnología y reducida capacidad para generar valor. Estas limitaciones no solo restringen el crecimiento del producto y del ingreso, sino que también debilitan la recaudación tributaria, favorecen la expansión de actividades ilícitas y alimentan tensiones sociales que terminan afectando la estabilidad económica e institucional.
Esta realidad adquiere una dimensión adicional en un país cuya economía depende en gran medida de recursos naturales no renovables. La explotación de la riqueza minera puede generar importantes ingresos en el presente, pero su verdadero aporte al desarrollo depende de la capacidad para transformarlos en activos productivos permanentes. Si esos recursos no se convierten en infraestructura, capital humano y mejoras de productividad, el país corre el riesgo de consumir una riqueza finita sin fortalecer su capacidad de crecimiento futuro.
La brecha entre la productividad del sector formal y la del sector informal refleja con claridad esta dualidad. Mientras los trabajadores formales generan varias veces más valor agregado por persona que los informales, una parte importante de la fuerza laboral permanece concentrada en actividades de baja productividad. Esta segmentación limita la generación de ahorro, reduce la inversión privada y dificulta sostener tasas de crecimiento superiores al 6% anual. Cerrar esa brecha constituye, por tanto, uno de los desafíos centrales para cualquier estrategia de desarrollo económico de largo plazo.

Acelerar la productividad
Elevar la productividad requiere actuar en dos horizontes de tiempo. El primero corresponde a las políticas de largo plazo, centradas en el fortalecimiento del capital humano. El segundo exige intervenciones inmediatas que permitan aumentar la capacidad productiva de los hogares y las empresas que hoy operan con bajos niveles de capital y tecnología. Ambos enfoques son complementarios. La inversión extranjera, por sí sola, no basta para cerrar esta brecha, como tampoco lo hacen los programas de transferencias monetarias. Estos últimos cumplen un importante rol de protección social, pero su impacto sobre la productividad y el crecimiento potencial es necesariamente limitado.
La estrategia de largo plazo pasa por mejorar la calidad de la educación y fortalecer las condiciones que determinan el desarrollo del capital humano desde la infancia. Reducir la anemia y la desnutrición infantil, ampliar el acceso a una educación de calidad y elevar la formación docente constituyen inversiones con efectos permanentes sobre la productividad laboral. Sin embargo, sus resultados requieren tiempo y una implementación sostenida, por lo que difícilmente resolverán las restricciones que enfrenta hoy la economía peruana.
Por ello resulta necesario complementar estas políticas con un Big Push de productividad dirigido a los sectores de menores ingresos y mayor informalidad. Más que ampliar las transferencias monetarias, este enfoque propone acelerar la transferencia de capital productivo mediante infraestructura básica, sistemas de riego, maquinaria agrícola, reservorios, agua y saneamiento, postas médicas, escuelas y programas de mejoramiento urbano. Estas inversiones permiten elevar rápidamente la capacidad productiva, reducir la vulnerabilidad social y generar empleo, al tiempo que fortalecen las condiciones para una mayor inversión privada.
Las simulaciones econométricas muestran que una estrategia de esta naturaleza, acompañada por inversiones en minería, agroexportación y reforestación, podría permitir que el Perú retome tasas de crecimiento superiores al 6% anual. La magnitud del desafío se aprecia al observar que, en 2025, la economía destinó alrededor de US$ 73.600 millones en inversión para sustentar un crecimiento cercano al 3,4%. Sin mejoras sustanciales en la productividad, alcanzar tasas significativamente mayores exigiría un esfuerzo de inversión cada vez más elevado y difícil de sostener. Precisamente por ello, el aumento de la productividad se convierte en el principal multiplicador de la inversión y en la condición indispensable para acelerar el crecimiento. Con una estrategia integral de transformación productiva, el país no solo podría expandirse por encima del 6% anual, sino también fortalecer el ahorro interno, reducir la pobreza y consolidar un proceso de desarrollo de largo plazo.

Las restricciones estructurales del crecimiento
El bajo crecimiento de la economía peruana responde, en primer lugar, a una insuficiente capacidad para generar inversión productiva. Aunque la inversión extranjera ha mantenido un papel importante en sectores como la minería, la inversión privada nacional ha perdido dinamismo como consecuencia de la baja productividad y la escasa generación de excedentes. La mayor parte de las pequeñas y medianas empresas opera con limitado acceso al crédito, reducida incorporación tecnológica y bajos márgenes de rentabilidad, lo que restringe su capacidad de capitalización y limita la formación de ahorro interno.
Un segundo obstáculo está relacionado con la calidad de las instituciones y de la inversión pública. La inseguridad, la corrupción y la inestabilidad política incrementan la incertidumbre y afectan las decisiones de inversión, mientras que las deficiencias en la formulación y ejecución de proyectos reducen el impacto del gasto público sobre la productividad. La estabilidad macroeconómica y la seguridad jurídica siguen siendo condiciones indispensables para el crecimiento, pero solo generan resultados sostenidos cuando se acompañan de instituciones capaces de asignar eficientemente los recursos públicos y privados.
Finalmente, el Perú enfrenta la ausencia de una estrategia nacional de desarrollo productivo que articule la inversión pública con los incentivos privados y la formación de capital humano. La experiencia de economías como Corea del Sur, China o Vietnam muestra que los procesos de crecimiento acelerado descansan en políticas de largo plazo orientadas a elevar la productividad, cerrar brechas de infraestructura y fortalecer las capacidades tecnológicas. Sin una visión de desarrollo que coordine estos esfuerzos, el país difícilmente podrá sostener tasas de crecimiento superiores al 6% durante un período prolongado.
Una agenda para crecer al 6%
Alcanzar un crecimiento sostenido superior al 6% exige una estrategia que combine productividad, inversión y cohesión social. La productividad debe fortalecerse mediante mejoras en educación, infraestructura, tecnología y calidad institucional, pero también a través de intervenciones de corto plazo que aceleren la capacidad productiva de los sectores más rezagados. En ese contexto, un Big Push orientado a la transferencia de capital —infraestructura básica, sistemas de riego, maquinaria, vivienda y equipamiento productivo— puede generar aumentos inmediatos en la producción y complementar las políticas de formación de capital humano. Al mismo tiempo, el país necesita elevar tanto la inversión pública como la privada, priorizando proyectos que cierren brechas de infraestructura y fortalezcan la competitividad de la economía.
Sin embargo, el crecimiento acelerado no depende únicamente de variables económicas. También requiere una mayor cohesión social, sustentada en la reducción de la informalidad, la ampliación de oportunidades productivas y el fortalecimiento de las instituciones. Un mercado laboral más productivo favorece la inversión, amplía el ahorro interno y reduce los incentivos para la expansión de actividades ilícitas. El Perú dispone de los recursos y las condiciones para retomar una senda de crecimiento superior al 6%; el desafío consiste en articular una estrategia de desarrollo que transforme ese potencial en una expansión sostenida, capaz de elevar el bienestar y reducir la pobreza en el largo plazo.